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Roxana Esposito

2015

Mi niña interna nació en 2015, después de la muerte de mi padre. En ese tiempo comenzaron a aparecer en mis sueños imágenes de mi infancia y sentí la necesidad de volver a encontrarme con esa niña que había sido.

Empecé a dibujar y modelar niños sin imaginar que estaba iniciando una investigación que continúa hasta hoy.

Cuando la escultura estaba casi terminada apareció una fotografía mía de niña, en la misma postura que la obra. Fue el reconocimiento de una imagen que, de algún modo, ya habitaba en mí.

En 2015, después de la muerte de mi padre, comenzaron a aparecer en mis sueños imágenes de mi infancia. Con ellas regresó una sensación de orfandad que me había acompañado durante muchos años. No pertenecía únicamente a un hecho puntual de mi historia; era una emoción más profunda, una pregunta que necesitaba comprender.

Empecé entonces a dibujar y modelar niños.

Mientras trabajaba, descubrí que no estaba intentando reconstruir mi infancia, sino volver a encontrarme con ella. Comprendí que, a pesar de los momentos difíciles que habían quedado grabados en mi memoria, había existido una niña profundamente feliz, capaz de jugar, imaginar, cuidar y habitar el mundo con asombro.

Para modelar el cuerpo busqué fotografías de mis hijos, porque no encontraba una imagen que representara aquello que intuía. Pensé que al final le daría mis propios rasgos. Sin embargo, cuando la obra estaba casi terminada, apareció una fotografía mía de la infancia. Estaba en cuclillas, exactamente en la misma posición que la escultura. Comprendí entonces que esa imagen había permanecido dentro de mí mucho antes de encontrar la fotografía.

Mi niña interna nació de ese reconocimiento.

No es un autorretrato. Es el encuentro con una presencia que sigue viva y que continúa acompañando cada una de mis investigaciones.

Cuando la obra fue presentada en la Bienal de San Nicolás y, más tarde, en la Biennale d'Arte Contemporanea di Salerno, recibió el Primer Premio en ambas ediciones. Muchas personas me decían que aquella niña “tenía alma”. Yo sentía algo parecido: durante el proceso nunca experimenté que estuviera modelando únicamente una figura, sino que estaba encontrándome con una presencia profundamente conocida.

Con el tiempo comprendí que esa niña no quedó encerrada en una única escultura. Ella reaparece en muchas de mis obras, en mis talleres y en mi manera de entender el arte.

Es la niña que juega. La que observa. La que imagina. La que cuida.

Y, de algún modo, sigue siendo la misma niña que hoy continúa modelando barro con las manos de una mujer adulta.

Con esta obra comenzó una investigación que aún permanece abierta: la infancia entendida no como una etapa de la vida, sino como un estado del ser, un lugar interior desde el cual es posible volver a mirar el mundo y transformarlo.

Vista de sala
[Video del proceso — link de YouTube]
Video del proceso
Año
2015
Técnica
Cerámica esmaltada
Medidas
46 × 45 × 35 cm
Premios
Primer Premio — Bienal de San Nicolás (Argentina)
Primer Premio — Biennale d'Arte Contemporanea di Salerno (Italia)
Estado
Colección privada

La infancia no quedó atrás: sigue modelando mi manera de mirar el mundo.

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